miércoles, 23 de noviembre de 2011

CRONICA DE UN TROPEZON, NO DE UNA CAÍDA

Texto: Ramón Espejo

En la furgoneta que nos conducía de regreso al hotel reinaba un silencio sepulcral. Juan Carlos Cubas había fracasado en su intento de alcanzar un triunfo que lo catapulte en su carrera como torero y por el contrario había salido de la plaza de Acho entre descontento, pifias y decepciones...


Nadie se animaba a esbozar palabra alguna, la sorpresa y el desconcierto nos tenia inermes, enmudecidos. Jose Luis, el padre de Juan Carlos, rompió el silencio: “Música por favor” y el conductor casi impasible encendió la radio que salpicó un merengue. Una señora hacía señas con los brazos al torero desde su auto, como un abrazo a la distancia y éste la miraba imperturbable con la cabeza apoyada en la luna. Lima cerraba sus puertas, la noche empezaba a caer.

Fue un camino largo, larguísimo al hotel. Yo miraba las calles de la ciudad pasar en ese domingo tan ansiado que nos despedía como seguramente nunca hubiéramos imaginado. En ese momento recordé aquella tarde en el centro comercial cuando conocí al torero pero no con traje de luces como siempre lo había observado, sino vestido de ser humano tomando un café.  Ya lo había visto torear y como aficionado le había celebrado sus hazañas casi épicas en el ruedo, pero aquella noche en que mi primo querido David De La Barra, picador de toros y reciente apoderado, me invitó a que forme parte del equipo que acompañaría al matador en esta temporada conformando el Área  de Prensa, me sentí especialmente nervioso. Es que la admiración de un aficionado hacia un matador de toros sólo la puede entender quien comparte esta pasión taurina y Juan Carlos Cubas significa eso, un matador de toros en toda la extensión del término. Además de eso, el hecho de formar todo un equipo alrededor de él y sobre todo un Área de Prensa era algo novedoso en el medio taurino.

David asumía profesionalmente el reto y yo no lo iba a dejar solo, principalmente porque me necesitaba y luego porque era consciente que íbamos a pisar un territorio no explorado pues solo la palabra torero en los medios de comunicación se ha convertido casi en una lisura. Era un reto complicadísimo, me encantó la idea, había que ir al lío.

El año fue duro, la temporada con altibajos, Cubas toreó en casi todas las plazas importantes de nuestro complicado territorio. Soy testigo presencial de los esfuerzos de todos estos jóvenes y la afición que llevan dentro, del esmero con el que se levantan de madrugada para iniciar viajes de más de 20 horas con trasbordo a todo tipo de vehículos. Los resultados han sido tan diversos como los propios destinos, nos hemos topado con triunfos rotundos pero también tardes complicadas en las que las cosas no salen por nada.

Recuerdo la primera de dos tardes en Puquio, una tarde difícil  en la que los toros condicionaron todo y se fue de vacío, sin premios. Esa misma noche, una de las noches mas frías que me ha tocado vivir, caminando por la plaza del pueblo y con las manos apretadas en los bolsillos, buscaba yo un internet para mandar mi nota de prensa y los vi venir juntos caminando lentamente, la cuadrilla completa, las miradas en el suelo y los rostros dibujando aquel sinsabor, amargura, la desazón en pleno. Nos cruzamos y quise decir algo, pero no supe qué, sentí que no era necesario, que ese silencio ya lo había dicho todo. Al día siguiente Juan Carlos le cortó las dos orejas a su segundo toro y ganó el escapulario de oro, en una sola faena que generó un clamor general. Sentado en la habitación de aquel modesto Hotel, y aún con el traje de luces puesto, le vi sentado besando sus estampitas de santos. Esa imagen no era de jolgorio ni celebraciones, en la cena recién le vi sonreír y departir con alegría. Luego vino Cutervo, Pauza, Matara, Huamachuco, Tacabamba y ya no recuerdo más en este momento, pero cada kilometro recorrido tiene una marca en la vida de estos guerreros, cada sonrisa contuvo algo, cada madrugada alistando maletas, guardando ilusiones, en fin, cada tropiezo no significó nunca una caída ni mucho menos. De eso se alimentaron, de miel y de hiel, yo lo vi.

Ahora saliendo del tantas veces esperado, imaginado y anhelado Acho, mientras el camino se hacía cada vez más largo en la furgoneta de regreso y el merengue giraba en el ambiente como un molestoso insecto, todas esas imágenes aparecieron en mi mente cual película que trasciende fugaz. No estoy seguro lo que pasaría por la cabeza apoyada en la ventana del matador, ni en la de David, Adolfo de los Reyes, ni en la de Jose Antonio, el hermano de Juan Carlos, sólo ellos lo saben, pero por alguna razón en especial ese silencio profundo lo he llegado a entender ahora, me es familiar. Sobre todo porque cuando llegué al Hotel 5 estrellas en Miraflores, vi al matador sentado aún sin quitarse el traje de torero, besando sus estampitas. En ese momento me quedó más claro que nunca: Fue una mala tarde, este no dejará de ser Juan Carlos Cubas, el torero del Perú.